Elena llevaba tres inviernos mirando por la misma ventana. Tres inviernos contando los coches que pasaban, los paraguas que se abrían, la vida que transcurría a cuatro metros de su silla.
El apartamento era pequeño pero la ventana era generosa: dos hojas de cristal biselado que miraban al norte, hacia esa calle que nunca terminaba de decidir si quería ser un bulevar o una callejuela. En invierno, la luz llegaba de lado, oblicua, como si el sol también tuviera pudor de entrar del todo.
Había aprendido a distinguir a los vecinos por sus rutinas. El hombre del séptimo siempre salía a las ocho y cuarto con el mismo abrigo gris, sin importar si llovía o nevaba. La mujer del tercero paseaba a su perro exactamente dos veces —a las siete de la mañana y a las nueve de la noche— y nunca miraba hacia arriba. El chico de la bicicleta aparecía los jueves, siempre a mediodía, y siempre con una bolsa de tela colgada del manillar.
A veces pensaba que debería bajar. Que debería cruzar esa calle y entrar en la cafetería del local con la persiana verde y pedir un café y quedarse allí el tiempo suficiente como para escuchar algo de la conversación de los demás. Pero los pies no le obedecían. O quizás era la voluntad. Hacía tiempo que no distinguía bien la diferencia.
El día que llegó la carta, llovía. Uno de esos aguaceros de noviembre que no avisan, que se presentan a media mañana como un huésped inoportuno y se quedan hasta la noche. Elena escuchó al cartero desde el descansillo —el buzón chirriaba siempre de la misma manera— y bajó descalza los tres pisos, algo que no había hecho desde el verano.
Era un sobre pequeño, amarillo, con su nombre escrito a mano. No había remitente. La letra era de alguien que escribía despacio, con cuidado, como quien no escribe muchas cartas.
Subió las escaleras sin abrirlo. Se sentó en su silla de siempre, frente a la ventana del norte. Afuera, el hombre del séptimo volvía a casa con el abrigo empapado. La mujer del tercero corría con el perro hacia el portal.
Rasgó el sobre.
Dentro solo había una frase, escrita en el centro de una hoja en blanco:
«Te veo desde la acera. Llevas razón: la vida cabe entera en una ventana.»
Elena miró hacia abajo. La calle estaba vacía. Solo la lluvia y el reflejo de las farolas en el asfalto mojado.
Por primera vez en tres inviernos, sonrió.
Y luego se puso los zapatos.