El horizonte duerme
bajo el peso del mediodía,
y el agua —esa memoria líquida—
guarda en sus pliegues
el azul que el cielo le prestó.
No hay olas hoy.
Solo ese temblor fino
que hace la luz al rozar la superficie,
como si el mar respirara
apenas,
para no despertar lo que yace en el fondo.
Hay silencio en las cosas quietas.
Hay verdad en lo que no se mueve.
Y en la orilla, sola,
una gaviota contempla
lo mismo que yo:
este instante
que no quiere pasar.
Dicen que el océano no recuerda,
que cada ola borra la anterior
como un pensamiento que el viento
se lleva antes de que termine de formarse.
Pero yo sé que el mar guarda.
Lo sé porque cuando cierro los ojos
todavía escucho
aquella tarde en que el agua
nos llegaba a la cintura
y tú reías
y el horizonte era una promesa
que todavía no sabíamos
que no íbamos a cumplir.
Regreso cuando puedo.
Me siento en la misma piedra.
Miro el mismo horizonte.
Y el mar, callado,
me devuelve todo
lo que no he sabido
decirle a nadie.