Microrrelato

Inventario

Marien Del Canto Fernández

Una lista de objetos que son, en realidad, una lista de personas. O de despedidas. O de las dos cosas a la vez.

Una lista de objetos que son, en realidad, una lista de personas. O de despedidas. O de las dos cosas a la vez.


La taza azul. Era de mi abuela. No la uso porque tengo miedo de romperla. No la guardo porque tengo miedo de olvidarla. Vive en el alféizar de la ventana de la cocina, llena de lápices que nunca uso, mirando al jardín que ya no existe.

El libro de páginas dobladas. Lo prestó alguien cuyo nombre ya no recuerdo. Recuerdo, en cambio, que llevaba un jersey amarillo y que olía a tabaco y a algo parecido a la lluvia. Devolverlo significaría admitir que ya no lo espero.

La llave del 4B. Nunca abrió ninguna puerta que yo haya podido encontrar. Quizás sí abría una y ya no existe. Quizás nunca existió la puerta y solo existía la llave, que es, bien pensado, una forma de esperanza.

La foto sin marco. Somos cuatro. Tres estamos sonriendo. El cuarto mira hacia un lado, hacia algo que no sale en la foto, hacia algo que quizás ninguno de los otros tres supimos ver. Me pregunto qué veía. Me pregunto si lo sigue viendo.

El reloj parado. Se detuvo el 14 de marzo a las 11:47. No lo he vuelto a dar cuerda. Hay fechas que merecen un monumento, aunque solo sea el silencio de una aguja que no avanza.

La chaqueta que nunca es de nadie. Llevan años colgándola todos en el mismo gancho. Nadie la reclama. Nadie la tira. Es la chaqueta del que se fue antes de que alguien se diera cuenta de que se estaba marchando.


Al final de todo inventario hay siempre un objeto que no sabemos clasificar. Ese que miramos y miramos y que nunca termina de decirnos lo que significa.

Ese objeto, casi siempre, somos nosotros mismos.